El trabajo o la vida

dimecres, 31 març

Cada mañana, David se queda con sus hijas mientras su mujer se va a trabajar. Él lleva a la mayor al cole y está con la pequeña en casa o en el parque hasta que vuelve ella e intercambian papeles: Cristina se ocupa de las niñas y papá se pelea ante el ordenador con un texto en inglés o francés. Este año David ha abierto un paréntesis en su actividad de traductor y docente para escribir una tesis doctoral sobre el teletrabajo, la crisis de la masculinidad y el aprendizaje informal asociado a la crianza de los hijos.

Por supuesto y por desgracia, David es una excepción. Las mujeres han salido masivamente del ámbito doméstico, pero son todavía una minoría digna de encabezar un reportaje los hombres que han entrado en casa dispuestos a compartir a partes iguales las tareas del hogar y el cuidado de los niños. El 76% de las españolas de menos de 35 años piensan que los hijos son un obstáculo para su realización profesional, y una de cada cuatro mujeres entre 20 y 49 años interrumpe el trabajo para volcarse en la maternidad, según el informe Fecundidad y trayectoria laboral de las mujeres en España, elaborado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En cambio, tener hijos no frena el ascenso laboral masculino, al contrario. “Los hijos impiden el triunfo profesional de las mujeres tanto como aceleran las carreras de los hombres”, constata la economista y psicoanalista francesa Corinne Mayer, autora del ensayo No kid. (Península, 2008).

Las mujeres de los mal llamados países ricos se sienten víctimas de una especie de atraco a mano armada: tienen que escoger entre el trabajo y la vida. Pero son muchas las que plantan cara y se resisten a hacerlo. Porque no quieren perder ni lo uno ni lo otro. Y porque, obligadas a elegir, tampoco sabrían con qué quedarse. Con lo que ha costado llegar hasta aquí, no es cuestión de tirar la revolución femenina por la borda.

Sobre el papel, la solución tiene un nombre: conciliación. Una palabra fantasma: se usa mucho, tal vez demasiado, pero casi nadie es capaz de describirla en primera persona. A lo sumo, alguien sabe de alguien que sabe de alguien que sabe de alguien que compagina sin renuncias lo personal con lo profesional. Esto no es una realidad: es una leyenda urbana.

“Nos queda mucho camino por recorrer: las mujeres representan el 60% de quienes obtienen estudios universitarios en la Unión Europea, pero la tasa de empleo femenina sigue estando 14 puntos por debajo de la masculina”, recordaba la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, a su regreso de la cumbre europea que concluyó con la Declaración de Cádiz. Pese a las políticas de conciliación, los datos no permiten cantar victoria. “Se sigue desaprovechando el talento y la capacidad de la mitad de la población, y eso es algo que no nos podemos permitir”, opina la ministra. Ni que sólo fuera por criterios de estricta rentabilidad: las empresas con más directivas obtienen mejores resultados. Paradójicamente, los salarios femeninos son inferiores: en España las mujeres ganan un 27% menos que los hombres, diferencial que se reduce a un 15% para los puestos directivos.

Y cuando quedaba todavía tanto por hacer, llegó la maldita crisis. A ver quién se atreve a exigir medidas de conciliación laboral y familiar ahora que cobrar un sueldo a fin de mes se ha convertido en un privilegio. Con el paro por las nubes, puede parecer que no está el patio para apretar a las empresas con demandas propias de unos tiempos prósperos que vete a saber cuándo volverán. El contexto actual pende como una amenaza sobre el derecho a conciliar.

De entrada, la recesión afectó sobre todo a sectores poco feminizados como la construcción. Pero se va cebando cada vez con más fuerza en las mujeres. Sus ingresos y pensiones son menores o inexistentes; sus tasas de pobreza, mucho mayores. “La situación de las mujeres es dramática, pues según la crisis se generaliza a todos los sectores son las personas peor situadas las que más la sufren”, advierte el manifiesto Igualdad de género ante la crisis económica, promovido por el colectivo Feminismo ante la Crisis.

Al lado de las mujeres sin estudios castigadas por el paro y la falta de oportunidades, están las que tienen currículums de aúpa y abandonan sus carreras, incluso antes de que hayan despegado, para ser madres a tiempo completo. Bien sea por la crisis o por un cambio de valores, van en aumento en Europa y en Estados Unidos las jóvenes sobradamente preparadas que optan por quedarse en casa, reproduciendo un modelo de familia que se daba por obsoleto: el del marido sustentador y la esposa dependiente. Un modelo que, de generalizarse nuevamente, podría acarrear consecuencias nefastas. “El discurso que defiende la vuelta al hogar es peligroso -apunta la filósofa Victoria Camps-. No se instalará como norma, pero empieza a ser frecuente que la mujer deje de trabajar cuando tiene el primer hijo. Esto no es positivo ni para su carrera ni para la sociedad en su conjunto”.

Estas treintañeras que se apean del tren laboral por la maternidad (ya buscarán trabajo con la crisis superada y los niños creciditos) sí que saben lo que no quieren. No aspiran ni en broma a ser como sus madres ni como sus hermanas mayores, que siempre van de aquí para allá escopetadas, con la lengua fuera y con la culpabilidad por bufanda. “Las chicas jóvenes han sido testigos de nuestro intento de abarcarlo todo en plan superwoman, han visto también que no hemos logrado liberarnos, y aceptan quedarse en casa mientras sus hijos son pequeños -dice Victoria Camps-. Pero de este modo reforzaremos la división sexual del trabajo y el hombre no cambiará”. Según la catedrática, otro factor que aparta a la mujer del mercado laboral es el auge de las teorías de crianza que promueven la lactancia materna a demanda más allá de los dos años y demonizan las guarderías.

Lo cierto es que mujeres del mundo entero están diciendo basta: han descubierto que el mito de la superwoman tenía más de timo que de mito. Equilibrar la rentabilidad laboral con las obligaciones doméstico-familiares es como subir al Everest sin oxígeno, por la cara norte y empujando un cochecito. Se puede alcanzar la cima, pero con la ayuda de unos cuantos sherpas y sin haber disfrutado del paisaje. Dobles y triples jornadas, horarios imposibles, niños, casa, oficina y malabarismos varios. Buf. Que pare el mundo, que yo me bajo.

El reto de la mujer del siglo XXI es “dejar de estar empantanada en medio de dos mundos, integrándolos”, opina Nora Rodríguez, autora del ensayo Madres y malabaristas (Urano, 2010). La nueva madre tiene que dar un giro a la empresa desde el liderazgo femenino o materliderazgo: “Nuestra maternidad convive con nuestro ser, y no hay motivos para aparcarla en un lugar recóndito para ser excelentes profesionales. La verdadera liberación de la mujer en el ámbito laboral debe pasar por la defensa de la función materna “, indica Rodríguez.

“Hay que ser combativas. Para cambiar las cosas hace falta tiempo, pero también mucha energía”, sostienen la empresaria Esther Casademont y la periodista Mar Galtés, autoras de El timo de la superwoman (Planeta, 2010). El libro recoge testimonios reales de ejecutivas de éxito que han llegado donde han llegado a costa de más sacrificios y renuncias de los que serían deseables. Han pagado un precio elevado, con el sobrecoste de género añadido.

Si algo urge es un cambio que nos acerque a una sociedad más justa y equilibrada. No se trata de conciliación femenina, sino de corresponsabilidad. “Los hombres son los grandes ausentes a la hora de conciliar -afirma la socióloga Sara Moreno, especializada en tiempo, trabajo y vida cotidiana-. Sólo las mujeres piden reducciones de jornada y excedencias, como si fueran ellas los únicos sujetos de la conciliación. Ellos dicen que están por la igualdad y el reparto equitativo de responsabilidades, pero una brecha enorme separa el discurso de la práctica masculina”. Los hombres, comprometidos de boquilla con la igualdad, tendrían que saltar del dicho al hecho, y no se deberían escatimar medios para conseguirlo. ¿Para cuándo una campaña publicitaria pública que denigre la figura del marido que no comparte tareas domésticas?

“Las empresas también tienen que ponerse las pilas -señala Victoria Camps-. La flexibilidad laboral aquí es todavía muy deficiente”. Los empresarios deberían escuchar a su colega Ignacio Buqueras, que aboga por “una revolución en materia de horarios de trabajo, cambiando la cultura del presentismo por la cultura de la eficacia”. Buqueras preside una entidad de nombre tan largo como las jornadas laborales que pretende erradicar: la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles y su Normalización con los de los demás países de la Unión Europea.

Cuantas más mujeres haya en los puestos de dirección, más se racionalizarán los horarios. “Hace años yo también convocava reuniones a las ocho de la tarde. Pero después te das cuenta de que puedes ponerlas en un horario razonable”, dice Rosa Cullell, directora general de la radiotelevisión catalana y, durante un tiempo, la señora con más trajes de color gris de toda Barcelona. Empezó a vestirse sin gracia para evitar situaciones como la de aquel día que, en una reunión de alto nivel, llegó un célebre banquero y le descargó su abrigo encima. La había tomado por una azafata.

10 falsos mitos sobre la conciliación:

1 – La conciliación es un reto femenino.

¿Acaso ellos no tienen responsabilidades familiares?

2 – La superwoman puede con todo.

Los superpoderes sólo existen en los tebeos.

3 – Los hijos son un lujo.

Tener hijos es un derecho, no un capricho.

4 – La conciliación sólo afecta a padres y madres.

Toda persona dispone de vida personal.

5 – La conciliación es un favor que nos hacen las empresas.

Nadie tiene que justificarse al reclamar tiempo para conciliar.

6 – Las mujeres tienen menos aspiraciones profesionales.

Lo que tienen es menos tiempo para la autopromoción.

7 – Sólo triunfan las directivas con estilos masculinos de liderazgo.

El estilo femenino es mejor en gestión de tiempo y motivación de equipos.

8 – Los directivos tienen que trabajar hasta tarde.

En el norte de Europa, los altos cargos están en casa a las siete de la tarde.

9 – Las tareas domésticas se pueden externalizar al 100%.

Siempre queda algo por hacer.

10 – Nuestras madres, amas de casa, se lo montaron mejor.

Sinceramente, ¿quién quiere ser como ellas?

(publicat a la revista Marie Claire el març del 2010)

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