Curso nuevo, libros viejos

dilluns, 4 juliol

Yo soy yo y mis contradicciones. No he llegado al punto de abalanzarme en secreto sobre las obras completas de Dan Brown (ni sobre el sexto Harry Potter en versión original) mientras defiendo en voz alta la literatura elitista, pero todo se andará.

Me caen bien los antisistema aunque me costaría renunciar a caprichos consumistas como mi inseparable iPod; apoyo la sanidad pública pero pido hora a los médicos de la mutua privada; voy de antiimperialista a la vez que busco la inspiración (peor aún: la encuentro) en cualquier Starbucks; y aspiro a sacar tajada del negocio editorial por la vía de los derechos de autor, pero me he apuntado a la iniciativa escolar de reciclar los libros de texto de mis tres hijos, de modo que me ahorro un pastón cada septiembre a costa de aguar la fiesta a los editores en particular y al sector en general.

En la librería del barrio donde antes encargaba los lotes ya no me dedican tantas sonrisas, e incluso sospecho que les dará por esconder mi próxima novela en vez de ponerla en el escaparate, como solían hacer para tenerme contenta. Yo me lo he buscado: a quién se le ocurre querer compaginar la poco rentable vocación de escritora con la ruinosa condición de madre de familia numerosa.

Es raro estar discutiendo a estas alturas sobre los libros de texto cuando el futuro en este terreno pinta digital, pero para entonces la generación de mis retoños ya se habrá jorobado literalmente la espalda de tanto cargar mochilas que pesan como un muerto. Puesto que, a la espera de la implantación masiva del soporte electrónico, los libros de texto suponen todavía una carga física considerable, las asociaciones de padres hacen lo que pueden para que no sean además una carga económica insoportable.

Y así nacen proyectos como el de la socialización de libros, que funciona con éxito en escuelas públicas de varias comunidades autónomas. Los manuales se quedan en el centro cuando se acaba el curso, y se aprovechan año tras año mientras sigan en buen estado. Se calcula que la fórmula implica un ahorro del 85% del gasto familiar en libros de texto. Por el mismo precio, se inculcan a los chavales valores como la solidaridad, el respeto por los bienes comunes y la sostenibilidad.

Los editores, claro está, se muestran preocupados por la expansión del sistema de reutilización de libros de texto, y advierten que países europeos donde hace años que existe este modelo empiezan a reconsiderarlo. De todos modos, en la mayor parte de Europa los libros de texto salen gratis a los escolares: la inversión corre a cargo del gobierno de turno.

A mí me sabe mal que las editoriales pierdan una porción de pastel que tenían garantizada, aunque un poco se lo han buscado: la práctica de realizar nuevas ediciones todos los cursos, introduciendo cambios irrisorios y apostando por los cuadernos de ejercicios incorporados para impedir ni siquiera la reutilización entre hermanos no es muy defendible, que digamos. La ley obliga a los centros a mantener unos mismos libros durante cuatro años, pero esta vigencia mínima no siempre se respeta. ¿Y quién paga el pato? Las familias, cómo no. ¿Nos hacía ilusión tener descendencia? Pues apechuguemos con las consecuencias.

En la escuela de mis hijos reciclan igualmente las novelas de lectura obligatoria. Y aquí sí que la fórmula me fastidia, para qué negarlo. Porque casi nadie vuelve a un manual de matemáticas cuando ya ha aprobado el curso en cuestión, pero las obras de narrativa se prestan a ser leídas y releídas: con la socialización de libros, este cuento se acabó.

Y cuando hablo de novelas juveniles me refiero también a las que firma una servidora. Una de ellas se recomienda cada año en decenas de centros escolares, con lo cual lleva ya un sinfín de ediciones. Y yo encantada de la vida, por supuesto. Maldita la gracia si se van pasando mi novelita de unos a otros hasta que el tomo aguante. Adelante, pues, con la reutilización de libros… excepto si los he escrito yo.

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