Osos de peluche y otros peligros

dimecres, 1 desembre

Comparto con Woody Allen una hipocondría superlativa y la siguiente máxima: no tengo miedo a morir, pero no quiero estar allí cuando suceda. Por desgracia, es imposible huir  de la muerte, más aún cuando la vida está llena de peligros cotidianos que amenazan con enviarnos a la tumba en menos de lo que tarda Jordi Sierra i Fabra en escribir un libro (ya lleva publicados 269: casi nada).

En un ataque de masoquismo, he comprado en Amazon dos títulos que confirman que respirar es un deporte de riesgo: I’m afraid, you’re afraid, de Melinda Muse, y 100 Most Dangerous Things in Everyday Life, de Laura Lee. El primero recoge por orden alfabético 448 espadas de Damocles que penden sobre nosotros de enero a diciembre y de lunes a domingo. Bueno, en realidad los lunes la estadística es peor: es el día de la semana con más sucididos e infartos, según nos recuerda la autora. Entre las amenazas recopiladas por Muse hay desde la abstinencia sexual (acorta la vida) hasta el cepillo de dientes (puede retener bacterias nocivas), pasando por los ojos azules (tienen números para quedar ciegos) y por ciertos medicamentos contra el acné, que atacan los granos pero suscitan a cambio tendencias depresivas y psicóticas. Los pantalones demasiado largos, las bicicletas, los cereales del desayuno, los chicles, los desodorantes o los yo-yos son armas de destrucción masiva a los ojos de la alarmista periodista norteamericana. “No tengas miedo de tener miedo. Y a la vez, ríete de tus propios miedos”, dice Muse, que ha intentado compilar “todo lo que deberíamos temer bajo la capa del sol, incluido el sol”.

Laura Lee tiene una visión del mundo igual de aterradora. Parte de un hecho comprobado: los osos de peluche provocan más muertes anuales que los temidos osos salvajes. “Nadie lo diría, pero es verdad. Los osos pardos tienen dientes como cuchillos y uñas como navajas, pero raramente los encontramos en un dormitorio infantil”, razona Lee. En su opinión, los seres humanos tendemos a sobreestimar los peligros de situaciones nada frecuentes mientras que infravaloramos los peligros nuestros de cada día. Nos preocupa más ir en avión que en coche, cuando las probabilidades de morir son infinitamente superiores en la autopista que en el cielo, y nos da miedo que nos asalten por la calle cuando la mayoría de heridas se producen en la cocina de casa. La solución no pasa por quedarnos todo el día en la cama, porque ni entre sábanas estamos a salvo: las camas causan miles de accidentes cada año.

Resulta que llevo un arma pegada al cuerpo, y yo sin saberlo: el sujetador. No pocos intentos masculinos de desabrochar uno han terminado en el hospital. Incluso los libros, informa Lee, son dañinos: además de provocar cortes en los dedos y dolores de espalda, pueden ser letales si la estantería que los acoge no es tan segura como aparenta. Lo cual no sirve de pretexto para abandonar la lectura: la autora dedica otro capítulo entero a los numerosos riesgos de ver la tele.

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