Las mil y una noches sin sexo

dimecres, 1 setembre

Mi primer amor no lo supo nunca. El primer sujetador era de mi madre. La primera resaca me convirtió en abstemia. El primer beso en la boca llegó tarde y no fue de cine. El primer sueldo se evaporó en seis días. El primer desengaño todavía me duele. El primer voto se lo di a un partido sin representación parlamentaria. Mi primer novio bajó a comprar tabaco y llegó a la India. Mi primer viaje sin billete de vuelta resultó un buen máster en supervivencia y relaciones humanas. La primera vez que entré en Amazon.com no sospechaba para nada que aquello sería el inicio de una gran adicción.

El penúltimo libro que he comprado en mi librería de guardia se llama Virgin Territory, lo firma Cathy Alter y agrupa un sinfín de primeras veces, no necesariamente sexuales. La autora recoge el testimonio de mujeres de todas las edades que evocan desde sus primeros tejanos hasta su primer orgasmo, pasando por la primera llamada obscena que recibieron, la primera vez que se abrieron de piernas en la consulta del ginecólogo, el primer jugueteo sexual con otra mujer, las primeras mechas en el pelo o la primera vez que vieron un cadáver en vivo, valga la contradicción.

El libro de Cathy Alter recuerda uno de la periodista catalana Magda Bandera, algo más monotemático: 39 veces la primera vez (DVD Ediciones, 1999). Aquí estaba claro a qué primera vez se refería el título. A la autora le costó lo suyo encontrar personas dispuestas a explicarle cómo perdieron la virginidad. “Conmigo no cuentes”, le advertían sus amigos. Hay memorias demasiado íntimas para compartirlas, a no ser que se tenga vocación de invitado de talk-show.

Siempre hay quien supera sus traumas personales divulgándolos, ya sea ante las cámaras o ante un documento de Microsoft Word. Es el caso de la norteamericana Suzanne Schlosberg, autora de un libro autobiográfico que añadí por morbo a mi carrito virtual: The Curse of the Singles Table, algo así como La maldición de la mesa de los solteros. El subtítulo habla claro: Una historia real de mil y una noches sin sexo. Schlosberg tenía 34 años y ningún problema aparente cuando entró, muy a pesar suyo, en un período de abstinencia sexual que se le hizo eterno. Por más que lo buscaba, o precisamente por eso, no había manera de encontrar compañero de cama. “No me estaba reservando para Míster Perfecto, la verdad es que me habría conformado con Míster Posibilidad Remota. Pero ni siguiera éste se dignó a entrar en escena, pese a mis esfuerzos por salir con hombres de cualquier condición. Como consecuencia, experimenté un estado de privación que nunca jamás hubiera imaginado”, confiesa Schlosberg. Final feliz: la chica logró cerrar el paréntesis gracias a Match.com, una agencia matrimonial en línea. Allí dio con un tipo que no sólo la apartó del celibato forzoso, sino que incluso la llevó ante el altar. Desde entonces, y hasta que el divorcio la separe, Suzanne ya puede aceptar la invitación a una boda sin temor a ser relegada a la maldita mesa de los solteros.

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