La carrera en la media y el best seller malo

dijous, 1 abril

Buenas, aquí una frustrada. He entrado en Amazon.com por vigesimocuarta vez esta mañana y no he encontrado ni un solo libro que prometa curarme de la adicción a dicha librería virtual. Eso sí, me han ofecido 26.951 títulos (no exagero) para dejar el tabaco, pero he resistido la tentación. Me da pereza aprender a fumar.

Echaré mano de mis libros sobre frustraciones, cuyo efecto terapéutico tendría que estar reconocido por las autoridades sanitarias. Compré el último por Internet hace tres semanas, cuando pretendía superar una carrera en la media sin perder los nervios.

Mi colección comprende desde 1.000.001 Things That Make You Crabby, de Natalie Windsor, hasta The Pocket Encyclopedia of Aggravation, de Laura Lee, pasando por los dos volúmenes de Life’s Little Frustration Book, de G. Gaynor Mc Tigue, y por las tres entregas de 1401 Things That Piss Me Off, unos libritos enumerativos firmados con el ocurrente pseudónimo I.M. Still Peeved (Léase “Todavía estoy irritado”). Como prueba de que el vicio se contagia, ahí va mi lista particular de incordios.

Las contraportadas que cuentan demasiado. Los críticos que ensalzan o se cargan una novela, según convenga, sin molestarse a leerla. Los poemas que no entiendo. La impostura disfrazada de poesía. La cantidad de libros buenos que todavía no he leído. La cantidad de libros buenos que no leeré nunca. La cantidad de libros buenos que ya se han escrito, y no he sido yo.

El lenguaje académico, o sea, ininteligible. El ordenador que hoy es el no va más y mañana será pieza de museo. Los virus informáticos. Los mensajes de “penis enlargement” que me saturan el buzón electrónico.

El acné pasados los treinta. La crisis de los cuarenta. La fiesta sorpresa que sufriré cuando cumpla cuarenta. Cumplir cuarenta sin fiesta sorpresa a la vista. Los amigos que se alegran de mis fracasos. No tener ni un maldito amigo.

La comisión que me cobra el banco por prestarle el saludo de buenos días. Los manuales de instrucciones en setecientos idiomas excepto en el mío. Las turbulencias en pleno vuelo.

Los dependientes que no admiten un “estoy mirando, gracias” por respuesta. Los dependientes que desaparecen del mapa si quiero comprar algo y tengo prisa. Los probadores sin espejo dentro.

Los médicos que me secuestran en la sala de espera. Los peluqueros que se pasan cortando y se pasan cobrando. Los que comentan “ya crecerá” ante mi nuevo peinado. Encontrar a un ex por la calle y yo con esos pelos.

Las colas eternas en los lavabos de señoras. El yogur caducado en la nevera. No tener en la nevera ni un yogur caducado. El ruidito del coche que enmudece al llegar al taller. Los tapones de seguridad tan a prueba de niños que sólo un niño sabe abrirlos.

Los ascensores que paran en cada piso aunque nadie los haya reclamado. Los móviles que suenan en lugares inapropiados. Ser la propietaria del móvil que suena en el lugar inapropiado. Descubrir en el espejo al vivo reflejo de mi madre. Tener el armario atiborrado, pero nada que ponerme.

Y el colmo del colmo: haberme enganchado a un best seller malo.

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