De Míster Malo a Míster Peor. Por qué siempre nos enamoramos del hombre equivocado

dilluns, 17 desembre

Si el tipo que nos gusta es encantador, sofisticado y guapo, habrá montado un santuario a Hitler en la alcoba. Si es guapo, amable e inteligente, es homosexual. Los únicos hombres atractivos de las fiestas tienen el inconveniente de estar casados y ser felices en su matrimonio. A estos contratiempos, recogidos en el libro “La ley de la señora Murphy” (Temas de Hoy), cabe añadir uno más grave todavía: suponiendo que Míster Perfecto existiera, que ya es mucho suponer, nosotras perderíamos la cabeza por Míster Defectos. Y si nuestra madre y nuestra mejor amiga están de acuerdo en que nos conviene un funcionario con sueldo fijo y pagas extras, a nosotras nos sale la vena rebelde y suspiramos por un “okupa” antisistema que no ha visto en su vida ni un contrato basura.

La mala noticia es que no hay príncipes azules escondidos en el alma de sapos encantados. La buena noticia es que, si por casualidad coincidiéramos con lo más parecido a un príncipe de cuento pero en carne y hueso, descubriríamos que entre él y nosotras hay menos química que en el Quimicefa olvidado en el baúl de los recuerdos de infancia, junto a una Nancy despeinada, una caja de Juegos Reunidos Geyper y un disfraz de Blancanieves. La verdad, para qué engañarnos, es que ya de niñas el príncipe del cuento nos parecía demasiado aburrido para invertir toda la vida comiendo perdices a su lado.

“No tengo ni idea de por qué me enamoro de los tíos equivocados”, confiesa Libby, la protagonista de la novela “Nadie es perfecto”, de Jane Green (Salamandra). Y añade: “Los conozco, me enamoro locamente y nos hacemos amigos, con la errónea esperanza de que un día se den cuenta de que su planteamiento inicial está equivocado y que los atraigo un montón. Pero ni que decir tiene que eso nunca ocurre. Salgo con ellos, como amigos, y malinterpreto cada mirada, cada suspiro, cada roce, intento convencerme de que están a punto de dar el paso y siempre termino sintiéndome como una mierda porque otra vez no le intereso al hombre que me gusta.”

“Nadie es perfecto”, publicada en noviembre del año pasado en España, ha sido un fenómeno comercial en Inglaterra, donde ya lleva vendidos más de 300.000 ejemplares. Esta novela sobre sexo, amor y dudas ha confirmado a Jane Green como una de las autoras más populares de la generación “hijas de Bridget Jones”.

Hablando de Bridget Jones. La heroína creada por Helen Fielding sabe por experiencia que, a partir de los treinta, cualquier ligue responde por lo menos a uno de los siguientes códigos: A (alcohólico), AT (adicto al trabajo), FC (fóbico al compromiso), C (casado), L (loco), GY (gay), TE (tonto-del-culo emocional) o SJHL (suficientemente joven para ser hijo legal). O sea: todos los hombres que circulan por el mercado del amor tienen alguna tara insalvable. Las treintañeras lo tienen tan crudo para dar con Míster Correcto que muchas de ellas se conformarían con encontrar a Míster No Demasiado Equivocado.

¿Por qué nos sentimos atraídas por tipos que no nos convienen? ¿Por qué los hombres que nos han humillado, tratado mal o demostrado que no les gustamos ni de lejos están siempre en nuestra mente, mientras que los hombres buenos y dispuestos incluso a complacer a nuestro reloj biológico nos parecen sosos y poco interesantes? Según los expertos en dependencias afectivas, puede ocurrir que las personas sanas nos parezcan poco atractivas porque nos hemos acostumbrado a tratar con gente disfuncional que ha establecido con nosotras relaciones adictivas. También es posible que tengamos miedo a la intimidad o al abandono, lo que nos hace elegir inconscientemente a alguien con quien no podamos intimar, y que no nos pueda abandonar. Asimismo, la tendencia a reproducir el modelo familiar, por desastroso que sea, lleva a las hijas de padres autoritarios y agresivos a buscar novios, pues eso, autoritarios y agresivos.

“Todas las mujeres adoran a un fascista”, dijo Silvia Plath. Aunque no nos apetezca echarnos en brazos del antes citado seguidor de Hitler, sí que tenemos una especial predilección por los chicos malos. Ya sea por masoquismo, porque en el fondo nos sentimos culpables y buscamos castigo (“Muéstrenme una mujer que no sienta culpa y yo les devolveré… un hombre”, escribió Erica Jong), o bien porque la atracción erótica necesita de la tensión entre los sexos, los cual nos lleva a preferir hombres que oponen resistencia y saben mantener la cuerda tensa. En su libro “El amor en tiempos del colesterol” (Plaza & Janés), Gabriela Acher describe una escena en que dos amigas hablan del hombre con quien una de ellas ha empezado a salir. Es atento, amable, con buenas intenciones, pero la afortunada lo encuentra aburrido y poco sexy. Su amiga exclama: “¡El tipo tiene un montón de virtudes!… ¿Qué le falta?” Y la otra, en confianza, responde: “¡Le falta el brillo del psicópata!”

Sabemos que el chocolate tiene más calorías que la lechuga, pero a nadie le amarga un bombón de la caja roja de Nestlé. Ni dos. “Nos quejamos porque estamos engordando, pero seguimos comiendo dulces a los que no podemos resistirnos. Tenemos debilidad por los alimentos fritos, los bizcochos, los caramelos, las gaseosas… y los cretinos”, afirma Daylle D. Schwartz en su libro “Todos los hombres son unos cretinos” (Ediciones B). La autora, experta en relaciones humanas y directora de talleres relacionados con problemas de pareja, califica de cretinos a los hombres que manipulan nuestros sentimientos y logran que nos sintamos atraídas por ellos de manera incondicional, aunque recibamos poco o nada a cambio. “Amamos la emoción de la caza, la montaña rusa del desafío. Nos gusta sentir que debemos esforzarnos un poco para que él esté a nuestro lado. Siempre es más divertido tratar de atraer a un hombre que tenerlo con facilidad.” El drama es que la excitación provocada por el reto va unida al dolor. A la larga, dice Schwartz, es más saludable y satisfactoria una relación reconfortante, afectuosa y constante.

La alergia al compromiso afecta sobre todo a los hombres, pero no es ni mucho menos exclusiva del sexo masculino. Quizá nos enamoramos una y otra vez del hombre equivocado para aplazar la tan temida decisión de sentar la cabeza. La ropa premamá, la cuenta vivienda y la hipoteca a treinta años pueden esperar. Daylle Schwartz lo ve así: “A veces evitamos a los hombres buenos porque con ellos tenemos que actuar de manera recíproca. Si nos involucramos con hombres que no son cretinos, tenemos que encarar con seriedad la relación. Estar con un cretino es más seguro: sabemos que no va a durar. No representa un compromiso y requiere menos responsabilidad de nuestra parte.”

Otras, por el contrario, idealizamos a Míster Maravilloso a los dos minutos de haberlo conocido, y al cuarto de hora ya lo hemos convertido en Míster Futuro Marido y Padre Ejemplar. Sólo después de romper con él (o de que él haya salido a comprar tabaco, y si te he visto no me acuerdo) nos cae la venda de los ojos y le colgamos la etiqueta adecuada: Míster Inmaduro al que Deberíamos Arrojar Hoy Mismo al Contenedor de Reciclaje. Es más o menos lo que le ocurre a Libby, la criatura literaria creada por Jane Green: “Hago lo que la mayoría de mujeres. Conozco a alguien, y una parte de él está bien, quizá es guapo, tiene un buen trabajo, no hay nada sospechoso en él y, en lugar de sentarme y ponerme a esperar a que muestre el resto, me lo invento. Decido cómo piensa, cómo va a tratarme y, por supuesto, siempre llego a la conclusión de que el tío que tengo delante es el hombre perfecto y, de pronto, bueno, quizá no tan de pronto, por lo general alrededor de seis meses después de nuestra separación, veo que no era el tipo de persona que yo creía.”

La vida no es una película de Hollywood con final feliz. Tom Hanks no se enamorará de nosotras en lo alto del Empire State Building (a no ser que poseamos el encanto natural de Meg Ryan), y aunque Tom Cruise vuelva a estar disponible, es raro que tropecemos con él en la cola del supermercado de la esquina. Está comprobado científicamente que los príncipes azules no existen. Y no, un sapo no se convertirá en príncipe por más besos que le demos.

Testimonios

“Lo mío no tiene remedio: siempre me acabo liando con hombres que sé que me harán llorar. Los buenazos no me atraen en absoluto, pero reconozco que los novios que he tenido hasta ahora me han amargado la vida. ¿Si he aprendido la lección? Pues no estoy segura. No me atrevería a decir que de esta agua no volveré a beber.” Sandra, publicista, 26 años

“Cuando llevo unos tres meses saliendo con un tío y todavía le aguanto, empiezo a buscar dónde está el fallo. Pienso que igual está casado, o tiene un hijo secreto, o tiene antecedentes pensales. Y alguna vez mis sospechas han tenido fundamento. Los novios me duran poquísimo porque suelo enamorarme de tipos difíciles, y no paro hasta que me hacen caso, pero una vez he conseguido el objetivo mi relación con ellos pierde todo aliciente.” Isabel, filóloga, 31 años

“Antes no éramos tan exigentes con los hombres y nos conformábamos con el que nos tocaba en suerte. Las chicas de ahora no están dispuestas a aguantar ni la mitad de lo que he aguantado yo, y me parece bien, pero luego que no se quejen si pasan de los treinta y siguen solteras y sin compromiso. No se puede tener todo.” Conchita, ama de casa, 62 años

(publicat a la revista Woman, 2001)

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