El hombre perfecto y otras mentiras

diumenge, 4 novembre

Los hombres perfectos todavía no pueden comprarse en el supermercado, junto a los cereales bajos en calorías y enriquecidos con hierro y vitaminas, pero la cola de un súper no es mal lugar para empezar a buscarlos: igual el amor de tu vida te espera empujando un carrito. El nuevo chico 10, el modelo masculino en alza, hace la compra por iniciativa propia y sabe exactamente lo que falta en la nevera.

El Hombre Perfecto cierra la tapa del váter cada vez que lo utiliza. Demuestra que sabe para qué sirve la escobilla. Se ducha sin convertir el cuarto de baño en una piscina olímpica. Se disfraza de Supermán, insecticida en mano, cuando toca acabar con cualquier bicho que ronde por la casa. Cierra siempre el tubo de la pasta de dientes, y lo va apretando de abajo a arriba conforme lo va usando. No deja pelos en el lavabo, ni en la ducha, después de afeitarse. Se encarga de bajar la basura un día sí y otro también. Pone la mesa para cenar y la recoge sin pedir nada a cambio. Encuentra siempre lo que busca en los armarios de la cocina. Guarda los jerseys bien doblados.

Nunca deja sus calzoncillos sucios tirados por la habitación. Sabe que el rollo de papel higiénico no se repone por arte de magia, y coloca siempre el nuevo rollo en el sentido correcto en el portarrollos. Nunca invita a sus amigos o a su jefe justo el día que la casa está hecha un asco y tú habías pensado dedicar la tarde a depilarte y teñirte el pelo. Responde en el acto a tus preguntas, aunque esté viendo por la tele un partido de fútbol de su equipo. Prefiere ver “Ally McBeal” que el partido de fútbol de su equipo.

No es alérgico al compromiso. Nunca promete llamarte si no piensa hacerlo. Sólo usa el móvil para hablar contigo y mandarte mensajes de amor. Te echa en falta cuando no estás con él. Nunca anula una cita contigo para ir a jugar a fútbol sala con sus amigos. No cree que su papel como padre termine ni mucho menos en el momento de la fecundación. No habla de tu reloj biológico como si se tratara de una amenaza de bomba. Nunca te abandona por una mujer más joven.

Avisa al lampista si hay un grifo que gotea. Lleva el niño al médico (o el perro al veterinario) y está pendiente de cuándo le toca la próxima revisión pediátrica, oftalmológica y traumatológica (o la próxima vacuna contra la rabia). Sale antes del trabajo para ir a recoger al niño cuando llaman de la escuela porque se ha puesto enfermo. Se escapa de una reunión en la oficina para no llegar tarde a la reunión de padres. No cree que su trabajo sea más importante que el tuyo.

Detecta al instante que has ido a la peluquería, y elogia sinceramente tu nuevo peinado. Te encuentra siempre guapísima, incluso cuando te acabas de levantar por la mañana, y no te pregunta ni en broma si de verdad piensas salir a la calle con esta pinta. No las prefiere rubias. Comparte tus mismos intereses. En su agenda siempre hay un hueco para ir al cine contigo, para ir a cenar contigo e incluso para irse de vacaciones contigo. Le da igual que necesites una docena de maletas para pasar un fin de semana en el campo. Sabe de qué color son tus ojos. Piensa que con gafas estás más atractiva. No entiende qué tiene Cindy Crawford que no tengas tú. Te hace regalos aunque no sea tu cumpleaños. No le cuesta admitir que estaba equivocado.

Es detallista, sensible, tierno y cariñoso. Lee poesía. Se compra crema hidratante para no tener que robarte la tuya. Se relaja en “Masajes a 1000” y se broncea en “Solmanía”. No se corta al pedir hora en un salón de belleza. No es gay, pero podría serlo.

Sabe esperar el tiempo que haga falta a que tú estés arreglada y lista para salir de casa. Nunca dice que su madre cocina mejor. Nunca critica a tu madre. Se adapta como un guante a tus altibajos emocionales. Te escucha siempre. No te interrumpe cuando le cuentas con pelos y señales todo lo que has hecho hoy por orden cronológico. Es incapaz de burlarse de tus gustos musicales o literarios. Prefiere las comedias románticas a las películas de acción y suspense. Colecciona revistas de decoración. Devora tus revistas de moda.

Le encanta acompañarte cuando vas de tiendas. Aguanta más de siete segundos seguidos mirando escaparates. Encuentra de lo más normal que tú tengas treinta y ocho pares de zapatos. Entiende que no hayas resistido la tentación de comprarte dos pares de botas y unos mocasines rebajados a un precio irresistible. Te dice que el vestido nuevo te sienta de perlas en vez de preguntar cuánto te ha costado. No se queja si le coges prestado su jersey favorito. Tampoco se queja si decides no pedir postre en el restaurante pero luego te comes, trocito a trocito, su tarta de queso fresco con arándanos.

Lleva siempre las llaves consigo y no las pierde ni dentro ni fuera de casa. Sabe soportar las enfermedades sin poner cara de moribundo ni exigirte que te transformes en una enfermera modelo a su primer estornudo. Te cede el mando a distancia y, cuando lo coge él, nunca se le ocurre cambiar de canal cada dos segundos. Es un manual de instrucciones andante que sabe programar el vídeo, manejar el DVD, elegir el programa adecuado de la lavadora y poner en hora el reloj del microondas. Distingue sin problemas el compartimento del detergente del compartimento del suavizante.

Se concentra sobre todo en tu placer sexual. No tiene nada contra los preservativos. El orgasmo no le provoca un efecto somnífero instantáneo. No ronca. No te critica cuando conduces. Si es él quien se sienta al volante, reconoce enseguida que se ha perdido y opta por preguntar por el camino correcto antes que dar mil vueltas a lo loco con el coche. Se arma de paciencia cuando todos los semáforos de la ciudad se ponen de acuerdo para estar en rojo y cuando el ascensor se va deteniendo por capricho a cada piso.

Se muere de ganas de decirte que te quiere, y que prefiere la guerra contigo al invierno sin ti. Puede ponerse cursi y decir que tus labios le saben igual que los labios que besa en sus sueños. Quiere morirse contigo si te matas, y matarse contigo si te mueres. No se mete con las metáforas de Joaquín Sabina si no es para precisar que él tardaría en aprender a olvidarte mucho más de 19 días y 500 noches.

El Hombre Perfecto, amigas, no existe. Rupert Everett protagonizó la película “Un marido ideal”, pero en realidad él sólo se casaría con alguien de su mismo sexo. El cotizado Mel Gibson es guapo a rabiar y posee la nada despreciable facultad de escuchar el pensamiento femenino en la comedia “¿En qué piensan las mujeres?”, pero en la vida real es un misógino de armas tomar: hace años llegó a declarar que el único lugar para la mujer en la sociedad es la casa, haciendo las tareas del hogar y cuidando de los niños.

Si leyendo este reportaje te has dado cuenta de que tu antiguo novio respondía al ideal masculino, no desesperes: la memoria es selectiva y te está jugando una mala pasada. Ya has olvidado que tu ex no usaba desodorante (y se notaba), que no había superado la etapa del complejo de Edipo y que en la cama duraba menos que un chupa-chups en la puerta de un colegio. Y lo que es peor: recuerda que tu antiguo novio te engañó con tu mejor amiga.

Las más realistas rebajan expectativas y se conforman con un hombre lo menos imperfecto posible. No hace falta que sea guapo si no es demasiado feo, ni que sea adorable si no tiene la desagradable costumbre de eructar en público, ni que vista con estilo si acierta a ponerse los calcetines apareados. Tampoco hace falta que te haga regalos por sorpresa si por lo menos se acuerda de la fecha de tu cumpleaños.

Además, nada garantiza que vayamos a enamorarnos de un manojo de virtudes. Para qué engañarnos: los defectos también tienen su encanto. Aunque si el chico en cuestión cierra la tapa del váter o se aclara con la lavadora, mejor que mejor.

La lista de la compra

Alguien dijo que la perfección no existe, y además es fascista. Pero por probar que no quede. Si pudiéramos adquirir todos los ingredientes del hombre perfecto en el súper de la esquina, nuestra lista de la compra tendría (con algunas variaciones según la compradora: contra gustos no hay disputas) esta pinta:

–       Los ojos de Brad Pitt.

–       El culo de Richard Gere.

–       La voz de Constantino Romero.

–       La inteligencia de Stephen Hawking.

–       La acidez del Gran Wyoming.

–       La credibilidad de Iñaki Gabilondo.

–       La ironía canalla de Joaquín Sabina.

–       El aniñamiento de Leonardo Di Caprio.

–       El cuerpo serrano de Javier Bardem.

–       El sentido del humor de Woody Allen.

–       El sentido del marketing de Santiago Segura.

–       El ingenio literario de Juan José Millás.

–       La fidelidad amorosa de Paul Newman.

–       La militancia progresista de Manuel Vázquez Montalbán.

–       La sensibilidad de Antonio Gala.

–       El genio culinario de Ferran Adrià.

–       El optimismo vital de Luis Rojas Marcos.

–       El saber estar de Eduardo Mendoza.

–       La fotogenia de Miguel Bosé.

(publicat a la revista Woman, 2001)

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