Madres a tiempo parcial

dimecres, 4 juliol

Aleluya. Por primera vez y sin que sirva de precedente, mis hijos y mi trabajo van a ser cien por cien compatibles. Para realizar el reportaje sobre conciliación entre vida laboral y vida familiar, empezaré hablando con madres que esperan a los niños a la salida del colegio. Escogeré un colegio al azar: el de mis hijos. Saltarán de alegría cuando vean que mamá ha aparcado sus obligaciones profesionales para irles a recoger. Santa inocencia.

Primera sorpresa. Las madres que esperan en la puerta del colegio con un paquete de galletas en la mano son adolescentes que quedaron embarazadas con la primera regla o mujeres que quedaron embarazadas al borde de una menopausia tardía. Debí de ser la única que tuve los hijos a una edad digamos que normal, o sea, entre los veintipocos y los cuarenta y pocos.

Ya me extrañaba. Las madres que esperan en la puerta del colegio con un paquete de galletas en la mano no son madres, sino canguros o abuelas. También aguarda algún abuelo y un par de padres despistados. Las pocas madres que hay, ahora las veo, forman un corro al que decido unirme por exigencias del guión periodístico. No me atrevo a sacar la grabadora, que intimida demasiado: anotaré sus declaraciones en una libreta.

Segunda sorpresa. Mis hijos no sólo no saltan de alegría al verme sino que me preguntan, casi con lágrimas en los ojos, si la canguro se ha puesto enferma. No sé por qué me pongo tan celosa: si les gusta tanto su niñera es señal de que los dejo en buenas manos.

Conclusiones. La mayoría de madres que trabajan no pueden ir a recoger a sus hijos. Los abuelos y las niñeras (mayoritariamente de sexo femenino, con escasísimas excepciones) se hacen cargo de los niños hasta que mamá llega a casa tras una jornada laboral larga y con frecuencia agotadora. Muchas madres se reencuentran con sus hijos por la noche, cuando a los peques sólo les falta cantar “vamos a la cama, para descansar”.

Entre las madres que esta tarde han ido a recoger a sus hijos a la escuela, había tres que no trabajan fuera de casa, cuatro que habían terminado el trabajo justo a tiempo para ir a buscar a los niños (dos de ellas con reducción de jornada y sueldo), dos más que sólo trabajan por la mañana, una que disfruta de las dieciséis semanas de permiso por el nacimiento de su segundo hijo, y una trabajadora autónoma que se lo monta como puede para compaginar maternidad y trabajo.

Las cosas como son: en realidad no las he interrogado a la hora oficial en que termina el cole sino una hora después, pues mis hijos, así como los de las otras madres que han colaborado en el reportaje, hacen una hora diaria de actividades extraescolares en el mismo centro, de modo que alargan su jornada escolar (a la vez que arruinan nuestro bolsillo) para acercarla un poco más a la jornada laboral adulta.

Hablar de madres trabajadoras excluye a un nada despreciable colectivo de mujeres que optan por no ser madres porque están convencidas de la incompatibilidad entre la maternidad y la actividad profesional. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, una de cada dos mujeres españolas en edad fértil no tiene hijos. Y, en muchos casos, no es por falta de ganas. Otro gallo cantaría si la maternidad cotizara en la Seguridad Social como un trabajo a jornada completa, si las leyes se pusieran realmente de parte de las mujeres que desean aumentar la tasa de natalidad y si se concretaran medidas económicas y sociales sin efectos anticonceptivos.

Hablar de madres trabajadoras es hablar también de sentimientos de culpa, por no estar cerca del hijo cuando come la primera papilla, cuando empieza a gatear, cuando da sus primeros pasos o cuando lanza sus primeros balbuceos (en los que, por lo general y afortunadamente, dice “ma-ma” y no el nombre de la canguro). Para contrarrestar los sentimientos de culpa hay que tener en cuenta que una madre autorrealizada ejerce una influencia muy positiva en sus hijos, y sobre todo en sus hijas, que adquieren más confianza en sí mismas y más instinto de superación. En cambio, una madre descontenta o frustrada no transmitirá buenas vibraciones, por más voluntad que le ponga.

Y, claro está, hablar de madres trabajadoras supone hablar de las personas que se encargan de los niños mientras ellas trabajan. En España, según se puso de manifiesto recientemente en el Segundo Congreso Estatal de Personas Mayores, el 36% de los abuelos se ocupa a diario del cuidado de sus nietos durante cuatro o más horas. Esta opción contribuye al ahorro familiar, al no tener que pagar guarderías o niñeras. Si no se puede contar con los abuelos, más de la mitad de lo que gana la madre o del padre se va en los cuidadores de la descendencia.

“Arrastro un cansancio crónico desde que nació mi segundo hijo. Con mi sueldo y el de mi marido pagamos la guardería y la cuota de la hipoteca, pero no nos podemos permitir ningún lujo. Mi madre cuida a los niños cuando salen de la escuela, durante las vacaciones, los días de fiesta escolar y los días en que están enfermos. No le voy a decir que se los quede además cuando queremos ir al cine. Hace cinco años que sólo veo las películas de estreno en el videoclub”, comenta Marta, una bióloga de 37 años.

En verano el problema se agrava, pues el calendario escolar de los niños no coincide con las vacaciones de los padres. Las asociaciones de padres de alumnos reclamaron el pasado mes de junio la reducción en tres semanas de las vacaciones estivales para los alumnos de educación obligatoria. La esposa del presidente del gobierno, Ana Botella, se mostró de acuerdo con la petición de reorganizar el actual calendario educativo. Según Botella, la solución pasa por “disminuir el periodo de vacaciones escolares, crear un sistema de guarderías cerca de las casas y flexibilizar los horarios laborales de las mujeres, pero también los de los hombres”. Ésta es otra: ¿Hasta cuándo el hecho de llevar hijos al mundo pondrá en peligro la vida profesional de la mujer sin afectar en absoluto la carrera del padre de las criaturas?

La flexibilidad de horarios es uno de los grandes caballos de batalla. Todavía son pocas las empresas que impulsan iniciativas en este sentido. En España, la multinacional IBM desarrolla desde 1994 una política activa para ofrecer modelos de trabajo más flexibles. Dentro de esta política se enmarca el plan “Mobility”, a través del cual facilita a los empleados que lo solicitan las herramientas tecnológicas necesarias (ordenador portátil, teléfono móvil, etc) para trabajar desde cualquier lugar y en cualquier momento. Gracias al teletrabajo, los empleados de IBM han ganado en flexibilidad: flexibilidad en el lugar de trabajo, pues ya no se hace exclusivamente desde la empresa, y flexibilidad en los horarios, puesto que el empleado organiza su trabajo y puede realizar sus tareas en el momento del día que prefiera. Esto permite ir a recoger a los hijos al colegio o realizar la compra en horas de oficina.

La implantación del teletrabajo, que avanza en muchos ámbitos profesionales a paso lento pero seguro, demuestra que el éxito profesional no equivale a muchas horas de presencia física en la empresa. Amparo Moraleda, vicepresidenta mundial de Operaciones de Servicios de Integración Tecnológica de IBM, compagina un alto cargo en la compañía con el cuidado de sus dos hijas pequeñas. “Parte del trabajo, como leer el correo o despachar la correspondencia, lo hago cuando mis hijas se han acostado y cuando mejor me viene a mí. Lo importante son los resultados y no la presencia física”, dice Moraleda. Y añade: “Vivo en Estados Unidos y muchos días trabajo en casa. A mi jefe le da igual que atienda una llamada desde la oficina o desde mi casa. El consejo de administración no se mete en si yo he llevado a mis hijas al médico o en si llego tarde porque mi hija tiene problemas de integración y quiere que su madre la acompañe al cole.” De todos modos, en los puestos de dirección siempre hay más libertad que en los peldaños más bajos del escalafón. Amparo Moraleda es una de las cuatro mujeres españolas que ocupan puestos ejecutivos en IBM con responsabilidades internacionales. En IBM España, las mujeres representan el 33% de la plantilla y ocupan el 16% de los puestos de dirección.

La mujer se ha incorporado al mundo laboral, sí, pero no siempre en igualdad de condiciones. Con demasiada frecuencia los salarios femeninos son más bajos que los de los hombres que realizan el mismo trabajo. Además, la globalización de la economía ha ido de la mano de la desregulación del mercado laboral, produciendo el crecimiento de un mercado de dos niveles: por una parte una mano de obra base, estable y calificada, generalmente masculina, y por otra una mano de obra periférica usualmente femenina, con tipos de empleos atípicos y a menudo precarios, tales como el trabajo temporal u ocasional, con unas condiciones que dejan mucho que desear. Una fórmula muy extendida en la Unión Europea para compatibilizar el trabajo con la familia es la contratación a tiempo parcial. En los últimos cinco años, esta modalidad ha supuesto el 70% de la nueva ocupación femenina, mientras que en España sólo ha llegado al 29%.

“La maternidad está reñida con la ambición profesional. He trabajado con gente mediocre que ascendía en la empresa porque tenía tiempo para hacer relaciones públicas junto a la máquina de los cafés, mientras que yo tenía que concentrarme en hacer mi trabajo, llamar a la canguro y hacer malabarismos con mi horario para poder llevar a mi hija al cardiólogo”, cuenta Alicia, de 35 años.

“La maternidad está penalizada laboralmente, digan lo que digan. Perdí mi empleo por estar embarazada, y después tuve muchas dificultades para volver a encontrar trabajo teniendo dos hijos pequeños. Tuvimos que apañarnos para mantener la familia con el sueldo de mi marido durante tres años y medio, hasta que me contrataron en la agencia de viajes donde trabajo ahora”, explica Cristina, de 34 años.

El Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) dictó hace pocos meses una sentencia pionera en la que supeditaba el interés empresarial al derecho de una trabajadora a pasar el mayor tiempo posible con su hija. El órgano judicial concedió a la madre, visitadora médica, una jornada laboral reducida compatible con el horario escolar de la niña. Ante los derechos del trabajador y la empresa, el TSJC entendió que “debe prevalecer la posición más idónea para la protección del menor, con sacrificio incluso del interés empresarial”.

Un proyecto útil para facilitar la conciliación de la vida familiar y laboral es el Banco de Tiempo, una red de intercambio donde se toma el tiempo como unidad de cuenta. Actualmente funcionan cuatro Bancos de Tiempo en Barcelona, uno en Pamplona y otro en Alicante. La persona adscrita a uno de estos bancos deposita unas horas de tiempo ofreciendo un servicio que quiere dar y, a cambio, puede pedir tiempo a otras personas para resolver necesidades diarias, como acompañar niños a la escuela, cuidar enfermos, hacer la compra a personas mayores o realizar gestiones burocráticas. La medida de intercambio es la hora independientemente del servicio que se ofrezca o se reciba, con lo cual se produce un efecto igualador que tiende a revalorizar los trabajos menos reconocidos socialmente o menos visibles en la vida cotidiana. “El Banco de Tiempo juega un papel desculpabilizador, en el sentido de que ofrece a las mujeres la oportunidad de disponer de un tiempo propio para sí mismas, al liberarlas por unas horas de algunas de las tareas tradicionalmente asumidas por ellas”, afirma Elvira Méndez, directora-gerente de Salud y Familia, la asociación promotora de la creación del primer Banco de Tiempo en Barcelona.

“Si el genio de la lámpara me diera a elegir un deseo, le pediría días de 40 horas, como mínimo. Sólo así tendría tiempo para hacer todo lo que tengo que hacer en un día desde que soy madre”, se lamenta Belén, una locutora de radio de 32 años. A ella, como a la mayoría de madres del mundo entero, las 24 horas se le quedan cortísimas.

Una servidora, sin ir más lejos, acaba de agotar el tiempo previsto para escribir este reportaje. La canguro se va y mis hijos reclaman su ración diaria de mamá.

(publicat a la revista Woman, 2001)

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